Me estaba llamando, y tuve que acercarme hacia él. Lo escuché y sin ningún tipo de esfuerzo lo llevé conmigo.
El kiosquero me dijo: es bárbaro, hay otro que también tenés que conocer. Le agradecí y me fuí.
Desde entonces ando vagando por las calles, perdiéndodome, siendo inconstante durante los viajes. Todo por su presencia...
Y si no lo saco me empieza a molestar, a moverse hasta llamar mi atención. Grita y se desespera por estar encerrado, sin luz. Pero no me cuesta demasiado hacer el esfuerzo. No es un esfuerzo cuando se trata de entrar en otro mundo posible: hacer de los átomos urbanos, una historia de suspiros increíbles. Caer lentamente en cada palabra, sabiendo de la mirada ajena por sobre mi hombro. Pero yo me dejo, dejo que me acaricie.
Ya lo decidí: mañana iré a una mercería a buscar una cinta roja. Es inevitable la envidia. Pero ante tanta energía teledirigida, mis labios susurran despacio y hacia adentro lo que me dibuja. Y mi cerebro no necesita ya un vaso de agua, él calma mi sed con sólo poder verlo, con sólo comprender y planear (cual barrilete*) por la circulación que produce su sentido en mí.
Increíblemente, me he vuelto presa de sus hojas. Que cárcel tan entretenida, tan iluminada!
*Sante Dixit
miércoles, 4 de julio de 2007
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